Wednesday, April 16, 2008

SOCIEDAD ROMANA




FAMILIAS DE RANGO ECUESTRE
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Una importante realidad de la sociedad romana altoimperial la constituyen los ordines; senatores y equites.

Estos dos grupos, que constituían la cúspide de la sociedad romana republicana, basaban su riqueza, los primeros, en la propiedad de grandes extensiones de tierra, y los segundos, además de esto, en el comercio y los negocios en general.

Sin embargo su dedicación pública era radicalmente diferente; al margen de que ambos participaran en el ejército, si bien de forma distinta, los senadores monopolizaban las magistraturas y la política, mientras que los equites o caballeros sólo podían participar en la cosa pública de forma marginal: con el arrendamiento de la recaudación de impuestos, de la construcción de obras públicas, del aprovisionamiento del ejército de la explotación de las minas, etc.

Sin embargo, el advenimiento del Imperio modificó la composición de ambos estamentos, que fueron orientados por el emperador al servicio del Estado o de la administración imperial.

Además, se fijaron las condiciones de acceso a ambos ordines y las funciones que a ellos correspondían, asignándoles carreras relativamente estrictas y diferentes para ambos.

Para acceder al ordo senatorial o ecuestre era necesario no sólo poseer un censo mínimo (un millón y cuatrocientos mil sestercios respectivamente), sino, además, que el emperador inscribiera a los aspirantes en las listas correspondientes, con lo cual el control de ambos estamentos quedaba totalmente en manos del César.

Aparte de las funciones militares (que siguieron siendo diferentes para ambos ordines), sus carreras quedaron estrictamente reguladas:

Los senadores se dedicaban al ejercicio de las antiguas magistraturas y a la gestión de los bienes propiamente estatales, al margen de servir en ocasiones directamente al emperador.

Los caballeros se consagraban esencialmente a la administración imperial (el emperador poseía inmensos recursos y propiedades y, además, dependían directamente de él un buen número de provincias, entre ellas Hispania Citerior ).
Los equites constituían también la cantera de la cual el emperador reclutaba habitualmente a los senadores.

Así como el ordo ecuestre presentaba ya a comienzos del Imperio una composición relativamente heterogénea, el ordo senatorial, que, inicialmente, estaba formado sobre todo por romanos e itálicos, tendió con el tiempo a diversificarse, dando entrada progresivamente a elementos de origen provincial: a los occidentales (y entre ellos a los hispanos) a partir de fines del siglo I d.C. y a los orientales y africanos a partir del siglo II d.C.

A pesar de que es muy probable que esta zona de la Citerior tuviera entre sus hijos a algunos equites y, quizá, senadores, hasta ahora ha sido imposible identificar con seguridad a ninguno; los individuos de rango ecuestre y origen desconocido que aparecen en inscripciones de Tarraco podían ser algunos de los decuriones que alcanzaron el flamonio provincial en Tarraco (religión romana), y que alcanzarían ulteriormente el rango de caballero.

La capilaridad existente entre el ordo ecuestre y el senatorial, con la promoción de los caballeros más destacados al estamento superior, era mucho más notoria entre las oligarquías municipales y los equites.

Este doble fenómeno conforma a este estamento como un grupo abierto y dinámico que servía de puente entre la aristocracia imperial y las sociedades provinciales.

Los miembros más importantes de éstas, tanto descendientes de las aristocracias indígenas o de emigrantes itálicos como hombres nuevos de extracción popular, se agrupaban en cada municipio o colonia en el autodenominado ordo decurionum.

Éste no constituía tal ordo a escala imperial, sino tan sólo de forma local. Es decir, el emperador no había fijado para ellos una carrera administrativa dedicada al Estado, ni debía incluirlos en lista alguna, ni les daba una consideración colectiva al margen de su comunidad (al menos hasta época bajoimperial).

Sin embargo, la relativa homogeneidad de las oligarquías locales, la necesidad práctica, si no teórica, de un censo aproximado de cien mil sestercios, su carácter de vivero del ordo ecuestre y su acusada romanidad son factores, todos ellos, que dan a este grupo una relevante personalidad y coherencia y que permiten su consideración como un ordo, si bien de forma laxa.

De manera estricta los decuriones constituían el Senado Local, la asamblea de notables, a la que se accedía tras el ejercicio de una magistratura municipal, si se cumplimentaban los requisitos de fortuna y honradez exigidos.

Pertenecían a las familias más importantes y ricas de la comunidad, cuya fortuna estaba generalmente basada en la propiedad de la tierra, sin descontar que en centros especialmente dinámicos pudieran dedicarse al comercio o a los negocios en general.

Pero, además, otros dos rasgos les caracterizaban.
Por un lado, hay que destacar su dedicación a la cosa publica, que se verificaba no sólo a través de las magistraturas (que no eran remuneradas sino más bien gravosas), sino también mediante una amplia política evergética, esto es de concesión de libertades (liberalitas) a sus expensas, como erección de edificios públicos o monumentos que embellecieran su ciudad, repartos de grano en años de escasez, asunción de gravosas embajadas para defender los intereses de la comunidad, etc.

Es un grupo orgulloso de si mismo y profundamente romano, preocupado por la cultura, que no duda en enviar a sus hijos a Roma o a otros centros provinciales para completar su educación, y cuyos miembros rivalizan entre sí (o con los de comunidades vecinas) por mostrar su generosidad hacia su ciudad a cambio, simplemente, del reconocimiento público de su liberalidad a través del prestigio que con ello adquieren o, más materialmente, por su plasmación en una inscripción que, en un lugar público, atestiguara dicho reconocimiento.

A pesar de que este es el grupo del que, con mucho, más testimonios han perdurado hasta la actualidad, su conocimiento dista mucho de ser profundo.

Gracias, sobre todo, a su actividad como magistrados monetarios, al asociar su nombre a las monedas que acuñaba su ciudad junto con la magistratura que ostentaban, han sobrevivido los nombres de algunas de las familias decurionales (por supuesto de aquellas comunidades que acuñaron moneda y además incluyeron los nombres de los magistrados encargados de la emisión o que con su presencia avalaban la justeza de la misma). s miembros aparecen con frecuencia como magistrados municipales.

Queda también memoria de estas familias en numerosos e importantes mausoleos funerarios.
Por el lugar en el que aparecen, así como por menciones de otro tipo (las menciones a horrea o almacenes de grano) puede deducirse que una de las bases de la riqueza de estas familias era el cultivo de cereales a gran escala.

Muchos de los miembros de estas familias ponían los ojos en su promoción al ordo equester, en la que jugaba un papel fundamental el ejercicio del flamonio provincial, es decir el sacerdocio encargado, en nombre de la provincia, del culto al emperador, que se desempeñaba en la capital, Tarraco.

Por esto muchos decuriones se trasladaron a esta ciudad para proseguir su carrera. Llegaron al flamonio, además de obtener los máximos honores en sus ciudades:
como Valerio Capeliano, damanitano que obtuvo la ciudadanía cesaraugustana, al igual que el graluense Sempronio Capitón, o Porcia Materna, osicerdense, casada con un personaje importante de Tarraco.

Ilustrativo de la romanidad de estas gentes desde otro punto de vista resulta el caso de Marcial (38/41-104 d.C.), oriundo de Bilbilis (al parecer de una familia relativamente humilde), pero que vivió en Roma entre 64 y 98, donde desarrolló con gran éxito su obra poética como epigramático.
Sólo volvió a su ciudad natal al final de su vida, añorante, cansado del ajetreo de la capital del Imperio y quizá movido por las turbulencias políticas de fines del siglo I, en las que se vio mezclado por su afección al, recientemente asesinado, emperador Domiciano.
Una vez en Bilbilis, su añoranza por Roma fue mayor, si cabe, que la que antes sintiera por su patria celtibérica.
En Marcial puede apreciarse ese amor por Roma, característico de los decuriones y provinciales ilustrados, a la que consideraban como su patria principal (hecho jurídicamente cierto, pues gozaban al mismo tiempo de la ciudadanía romana y de la de su municipio).

Por Marcial conocemos casos semejantes: el del también bilbilitano Materno, jurisconsulto de moda en Roma, y el del abogado Liciniano, quizá igualmente oriundo de Bilbilis. Podría citarse en el mismo sentido al poeta calagurritano Quintiliano.

Poca cosa puede decirse del resto de los grupos sociales, acerca de los cuales apenas quedan testimonios.



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