Sunday, June 03, 2007

CARMEN, Y CIGARRERAS DE SEVILLA

"Carmen" en la ópera de Bizet



Cigarreras en la c/ San Fernando, frente
a la Fábrica de Tabacos, de Sevilla
( hoy convertida en la Universidad de Sevilla)



Las cigarreras de Sevilla en la literatura
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No podemos olvidar que Carmen es un personaje ficticio, convertido en mito, como el don Juan Tenorio. Y que Sevilla y su fábrica de tabacos no son sino el escenario donde se desenvuelve la protagonista de la ópera. Realmente, la obra original de Merimée apenas toca Sevilla, tan solo en el capitulo III, mientras que el I y el II se desenvuelven en Córdoba y alrededores. Pero mujeres como Carmen sí existieron en realidad, a juzgar por el testimonio de viajeros de la época:


Carmen, pintura de Gonzalo Bilbao, (1915).

El pintor fue objeto de un homenaje público por parte de las cigarreras, que acudieron en larga caravana de coches de caballos hasta la estación de ferrocarril, ataviadas con sus mejores galas y su característico bullicio, para recibir a "su pintor" de regreso de Madrid de la Exposición Nacional .

"Tienen la misma gracia sana y apetitosa. Estos millares de cabezas morenas donde, aquí y allá, amarillean algunas cabelleras de oro; estas cabezas vivas agitadas, todas adornadas de flores rojas; estas blusas entreabiertas, estas faldas claras, estos niños en las cunas, situados al lado de sus madres y que ellas mecen mientras trabajan; estos vestidos colgados en la pared, como los cachivaches en casa del revendedor; este sol andaluz jugando sobre estos brazos redondos, sobre estos cuellos elegantes, sobre estas manos que lían alegremente..."


Jules Claretie.- 1869

Recuerda el curioso Claretie que en una ocasión, al entrar en las naves de la fábrica, se oyó un golpe de campana y, repentinamente, las cigarreras se echaron sobre los hombros los mantones y arreglaron el desorden del tocado. Las más coquetas procuraban arreglarse los cabellos y ponerse una flor en la oreja. El intruso era contemplado con aire burlón; por su parte, él observaba que casi todas eran hermosas y, en el claroscuro de la sala-taller con arcos que evocan un ambiente conventual, piensa en las Hilanderas de Velázquez ("elles font songer aux filandieres de Velázquez"), adelantándose casi cincuenta años al pintor Gonzalo Bilbao.
No era fácil entrar en las salas donde trabajaban estas mujeres. Otro viajero, el alemán Vilhelm Löwinstein, recuerda que había un polvillo flotante que le obligaba a estornudar; quizás fuera ésta una de las razones por la que aquellas cigarreras tenían los ojos grandes y brillantes... estaban enfermizamente dilatados por la materia que sus manos elaboraban.
La literatura científica de la época ya había tratado el tema.
Fue el doctor Hauser, durante su larga estancia en Sevilla, quien lo publicó. En sus "Estudios Médico-Topográficos" publicados en 1882, analiza la situación de la Fábrica de Tabacos -que cuenta entonces con 5.000 operarios-, y después de constatar que los talleres son espaciosos y al parecer favorables a las reglas higiénicas, advierte, sin embargo, que la naturaleza del trabajo allí realizado exige un mejor sistema de ventilación, que evite, en parte, la absorción del polvo de tabaco. Pues no solo afecta al aparato respiratorio y a la piel, sino que, según los doctores Richaud y Morin, de Marsella, el tabaco y su manipulación produce una enfermedad especial en los ojos, "una especie de oftalmia", dice, "que se caracteriza por la dilatación de la pupila y la congestión de los vasos del iris y de la retina". Así tenemos esos ojos grandes, dilatados, brillantes, que hacen más negros el negro de la pupila y los convierte en el azabache de los poetas. Pero no era más que una enfermedad.

Al visitante siempre se le hacía la misma advertencia: "son deslenguadas y burlonas, prepárese". El germano, Lowinstein, con traje exótico y prismáticos a la bandolera, admite que la gente lo señalara por las calles. Su estampa y su español chapurreado fue motivo de jolgorio entre las cigarreras.

También Prosper Merimée en su Carmen describe el ambiente de la fábrica, poniéndolo en boca de don José:
"Sabrá, señor, que hay de cuatrocientas a quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Son las que lían los cigarros en una gran sala, donde los hombres no entran sin un permiso del Veinticuatro, porque cuando hace calor, se aligeran de ropa, sobre todo las jóvenes.
A la hora en que las obreras vuelven después de comer, muchos jóvenes van a verlas pasar y se las dicen de todos los colores. Pocas de ellas rehúsan una mantilla de glasé, y los aficionados a esa pesca no tienen más que agacherse para coger el pez".

Por su parte, el incansable Richard Ford (1) valora grandemente el trabajo de aquellas mujeres, aunque no le gusten:
"Los fabricantes de puros en España son, de hecho, los únicos que trabajan de verdad. Los muchos miles de manos que se emplean en esto en Sevilla son principalmente manos femeninas: una buena obrera puede hacer en un día de diez a doce atados, cada uno de los cuales contiene cincuenta cigarros puros; pero sus lenguas están más ocupadas que sus dedos, y hacen más daño que los puros. Visítese el local.
Muy pocas de ellas son guapas y, sin embargo, estas cigarreras cuentan entre las personas más conocidas de Sevilla y, forman clase aparte. Tienen fama de ser más impertinentes que castas; llevan una mantilla de tira especial, que está siempre cruzada sobre el rostro y el pecho, dejando sólo la parte superior, o sea sus facciones más pícaras, al descubierto.
Estas damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso al salir del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba escondida de una manera que su Católica Majestad nunca pudiera haber soñado."

Pero una de las mejores descripciones de las ocupantes de la fábrica nos la ofrece en 1873 el escritor italiano Edmondo de Amicis en uno de sus libros de viajes:
"Las operarias se hallan casi todas en tres grandísimas salas, dividida cada una por otras tantas filas de columnas. La primera impresión es soberbia; a un mismo tiempo aparecen a la vista 800 mujeres sentadas alrededor de las mesas de trabajo; las que están lejos ya confusas, y las últimas apenas visibles.
Son todas jóvenes, pocas niñas: 800 cabelleras negrísimas y 800 rostros morenos de las varias provincias andaluzas, desde Jaén a Cádiz y desde Granada a Sevilla. Se oye un estrépito como el de una plaza llena de pueblo.
De la puerta de entrada a la salida, en las tres salas, están llenas las paredes de sayas, mantillas, pañuelos y faldas, y, cosa curiosísima, todo aquel conjunto ofrece dos colores dominantes, ambos continuos, uno sobre otro, como los colores de una larga bandera: el negro de las mantillas encima y el rojo y rosa de las sayas debajo. Las muchachas vuelven a ponerse aquellos vestidos antes de salir; para trabajar visten una ropa más ordinaria, pero igualmente blanca o colorada.
Como el calor es insoportable, se aligeran todas lo más posible; por manera que entre aquellas 6.000 apenas habrá unas 50 de quienes el visitante no logre contemplar a su antojo el brazo, el escote o parte de las espaldas. Hay caras lindísimas, y aún las que no lo son tienen algo que solicitan las miradas y se imprime en la memoria: el color, los ojos, las cejas y la sonrisa. (...)
De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de la picadura, y por todas partes se ven sayas de color vivo, trenzas negras y ojazos inmensos. ¡Cuantas historias de amor, de celos, de abandono y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!
Al salir de la Fábrica parece verse durante largo rato y por todas partes pupilas negras que os miran con mil expresiones de curiosidad, de enojo, de simpatía, de alegría, de tristeza y de sueño."
En la última fotografía: Cigarreras en la calle San Fernando en 1894, como las vería al año siguiente el francés Pierre Louys
La más sensual de las descripciones físicas de las cigarreras nos la ofrece el escritor francés Pierre Louys, que llega a Sevilla finalizando el año 1895.
Será aquí donde comienza a escribir su novela "La femme et le pantin" (La mujer y el pelele), que luego será llevada al cine en cuatro ocasiones, siendo la más famosa versión la del genial director español Luis Buñuel en su "Ese obscuro objeto del deseo" (1977).
El novelista galo, fascinado por la "Carmen" de Merimée y Bizet, no puede dejar de visitar la famosa fábrica de tabacos. Impresionado por aquellas mujeres, hace que su protagonista -Concha- se vea obligada a trabajar de cigarrera en un momento dado.
Pierre Louÿs, con todo su esteticismo erótico, a lo largo del relato y especialmente en la Fábrica de Tabacos, describe una realidad sociológica de miseria material y moral que, aún cubierta de matices y sutilezas sensuales, no deja de ser hiriente e irónica.
Más aún: las exageraciones que podemos encontrar en el capítulo dedicado a las cigarreras, como colectivo ("Había de todo...excepto vírgenes"), son la consecuencia de esa misma ironía, a veces cínica, con que el esteta y apasionado lírico disfraza la cruda visión naturalista.
En el capítulo 5 de "La mujer y el pelele", la visita a una sala de la Fábrica de Tabacos es un pretexto, un "decorado" para hablarnos de un tema conocido: el mito de Carmen, desvergonzadamente convertido ahora en todo un estamento social.

Es verano en Sevilla. La hora de la siesta. Mateo (Pierre Louys) inicia un paseo, a pleno sol, sin ir a ninguna parte concreta. Hace un año que ha perdido la pista de Concha y, de repente, ha llegado a la calle San Fernando. Se encuentra frente a la fachada de la Fábrica de Tabacos. Toma una decisión: "matar el tiempo" visitando el lugar donde trabajan las famosas cigarreras:
"Entré y entré solo, lo que es un verdadero favor pues, como usted sabe, los visitantes son conducidos por un vigilante en ese harén inmenso de cuatro mil ochocientas mujeres tan libres allí de con qué taparse, como de lengua.
Aquel día, un día tórrido, como acabo de decirle, no empleaban la menor reserva en aprovechar la tolerancia que les autoriza a desnudarse a su comodidad, dada la insoportable atmósfera en que trabajaban de junio a septiembre. Tal reglamento es pura humanidad, pues la temperatura de las largas salas es sahariana, por lo que es sólo caridad conceder a las pobres mujeres la misma licencia que a los fogoneros de los paquebotes. Pero el resultado no es menos interesante por ello.
Las más vestidas no tenían sino la camisa en torno al cuerpo (éstas eran las gazmoñas); casi todas trabajaban con el torso desnudo, con una simple falda de tela floja por la cintura y con frecuencia recogida hasta la mitad de los muslos. El espectáculo, no obstante, era de lo más variado: mujeres de todas las edades, niñas y viejas, jóvenes y menos jóvenes, obesas, gordas, delgadas o descarnadas. Algunas estaban encintas. Ciertas daban de mamar a sus niños. Otras no eran todavía núbiles. Había de todo en aquella multitud desnuda, excepto vírgenes, probablemente. Incluso muchachas muy lindas.
Pasaba entre las filas compactas mirando de derecha a izquierda, tan pronto solicitado por limosnas como apostrofado por las bromas más cínicas. Pues la entrada de un hombre solo en este harén monstruoso despierta muchas emociones. Puede usted creer que no muerden las palabras una vez que se han despojado de la camisa, y que añaden a la palabra gestos de un impudor, o más bien de una sencillez, que llega a ser desconcertante incluso para un hombre de mi edad. Aquellas muchachas son impúdicas con la impudicia de las mujeres honradas.
A la mayor parte ni las respondía siquiera. ¿Quién podría alabarse de haber sido el último en hablar en un duelo de palabras picantes con una cigarrera? Pero sí las miraba con curiosidad, pues su desnudez, conciliándose mal con la propia naturaleza de un trabajo penoso, me parecía como si todas aquellas manos activas se ocupasen en fabricar apresuradamente innumerables amantes minúsculos con hojas de tabaco. Por lo demás, ellas hacían lo necesario para sugerirme esta idea.
El contraste no puede ser más singular entre la pobreza de su ropa interior y el cuidado, llevado al extremo, con que se preocupan de su cabeza tan cargada de pelo. Pues van peinadas y rizadas como lo harían para ir al baile, y se dan polvos hasta la punta de los senos, incluso por encima de las santas medallas. Ni una tan sólo que no lleve en el moño cuarenta horquillas y una flor roja. Ni que envuelto en su pañuelo no haya un espejito pequeño y la borla blanca. Diríase actrices en traje de mendigas.
Las examinaba una a una y me pareció que hasta las más tranquilas mostraban cierta vanidad dejándose examinar. Había entre ellas jóvenes que, como por casualidad, parecían no estar a gusto sino en el momento de acercarme a ellas. A las que tenían niños las daba algunas perras; a otras, ramitos de claveles, con los que había llenado mis bolsillos y que al punto suspendían sobre su pecho con la propia cadenita de su cruz.
Y puede usted creer que había muchas desdichadas anatomías en aquel rebaño heteróclito, pero todas eran interesantes, y más de una vez me detenía ante un admirable cuerpo femenino, de esos que en verdad no se encuentran fuera de España: un torso cálido, lleno de carne, aterciopelado como un fruto y más que suficientemente vestido por la piel brillante de un uniforme color oscuro, sobre el que se destaca con vigor el astracán ensortijado de los sobacos y las coronas negras de los senos.
Quince de ellas ví que eran hermosas. Es mucho entre cinco mil mujeres." (
(Pierre Louÿs: "La mujer y el pelele")

La misma foto de la calle San Fernando en 1895, como debió conocerla también Armando Palacio Valdés
Tampoco los viajeros españoles se quedaron sin visitar el templo del tabaco sevillano y reflejarlo en sus obras. El asturiano Armando Palacio Valdés, en su novela La Hermana San Sulpicio, aparecida en 1889, es decir, siete años antes de la visita de Pierre Louys a Sevilla, nos cuenta el recorrido que efectúa Ceferino por los talleres de la Fábrica de Tabacos, cuando desesperado por no tener noticias de Gloria (la protagonista de la novela) acude al establecimiento de la calle San Fernando buscando a Paca, una antigua sirvienta de la ex-monja, cigarrera de profesión.
Pensando en lo absurdo de sus prentensiones, pues ignora el apellido de la cigarrera y el puesto de trabajo que ocupa, el narrador, camino de la Fábrica, se dice a sí mismo: "Busque usted a una tal Paca entre seis mil mujeres". Objeción que poco después, ya en el despacho del Administrador, verá confirmada por el empleado Sr. Nieto que, tomando con paciencia la insistente petición de Ceferino, accederá al fin a acompañarle sala por sala.
El recorrido se inicia en el taller de pitillos. También es verano en la novela de Palacio Valdés y casi la hora del mediodía.
"Al llegar a la puerta dióme en el rostro un vaho caliente, y percibí un fuerte olor acre y penetrante, que no era sólo de tabaco, pues éste se siente apenas se pone el pie en la fábrica, sino los sudores y alientos acumulados, la infección que resulta siempre de un gran número de personas reunidas en el verano."
En este punto, el novelista anotará un detalle que nos parece significativo, en contraste con la descripción de Pierre Louys; Ceferino tuvo que esperar un momento en la puerta del taller, hasta que el empleado hablara con la maestra para prevenirla:
"Por lo que vine a entender, había ido a dar la voz de "visita" para que se tapasen las operarias, que por razón del calor habían descubierto alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, aún pude notar que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra, o ponían un alfiler al pañuelo que llevaban a la garganta."
Reacción que resulta más lógica y natural, más en concordancia con el orgulloso sentido colectivo que tenían de su trabajo las cigarreras sevillanas, que la actitud eróticamente provocadora narrada por el escritor francés.
Aunque el ambiente que refleja el resto del relato de Palacio Valdés sea, en líneas generales, coincidente en algunas apreciaciones de "color local" con el que luego haría Pierre Louys, se desarrolla sin ironías ni lirismos eróticos, tratando con muchísimo más sentido del lenguaje popular los puntos picantes, los gestos, bromas, tipos y usos de las cigarreras de la época. La narración del novelista astur parece más próxima a la realidad. El cuadro que nos pinta recuerda, en algunos detalles, al conocido lienzo de Gonzalo Bilbao que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Palacio Valdés observará las cunas y los niños de pecho, el colorido de los trajes de percal, las flores en el pelo, la atmósfera cargada y sombría, el corte redondo de casi todos los rostros y los ojos especialmente llamativos de las cigarreras, de un negro brillante. He aquí el fragmento del recorrido de Ceferino por la sala buscando a Paca, documento o crónica de las observaciones reales del escritor. Y como dice la maestra de taller en la novela, "ya pueden ustedes pasar...":
"El cuadro que se desplegó ante mi vista me impresionó y me produjo temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en un vasto recinto abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus ojos sobre mí. Quedé avergonzado, confuso, pero supe aparentar cierto desembarazo, y me puse a charlar con Nieto, haciéndole preguntas tontas, mientras me guiaba por los pasillos del taller.
Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres, jóvenes en su mayoría, vestidas ligeramente con trajes de percal de mil colores, todas con flores en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas toscas y relucientes por el largo manoseo. Al lado de muchas de ellas había cunas de madera con tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, según me advirtió Nieto, las suministraba la misma fábrica. Algunas daban de mamar a sus hijos. El tipo de todas aquellas mujeres variaba poco; cara redonda y morena, nariz remangada, cabellos negros y ojos negros también y muy salados. Cada cierto número había una maestra que se levantaba a nuestro paso. La principal del taller nos acompañaba. Nieto iba explicándole cómo yo buscaba a una tal Paca cuyo apellido o mote (porque éste es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.
Desde que comenzamos a caminar por aquel gran salón, de paredes desnudas y sucias, observé un chicheo constante. No podía mirar a cualquier parte sin que me llamasen con la mano o con los labios, haciéndome alguna vez muecas groseras y obscenas. A duras penas el miedo al inspector y la maestra las retenía. Sí me fijaba en alguna más linda que las otras, al instante me clavaba sus grandes ojos fieros y burlones, diciendo en voz baja:
-Atensión, niñas, que ese señó viene por mí.
O bien:
-¡Una miraíta más y me pierdo!"

Si en algo están de acuerdo todos los autores es en el griterío y estrépito, bullicio y chispa, jaraneo y guasa de las cigarreras sevillanas de todas las épocas. En su Viaje por España, el barón Charles Davillier -que vino acompañado del gran ilustrador Gustavo Doré- comparaba el inmenso murmullo de voces y de instrumentos que se oían bajo las bóvedas de la Fábrica con "el zumbido de varios enjambres". Incluso en su domicilio "armaban tal estrépito -escribe el inquilino de una casa donde vivían dos pureras- que me dolía la cabeza hasta volverme loco. De manera que, prefería acostarme en la calle antes de que con cigarreras bajo el mismo techo."

Siguiendo con la novela de Palacio Valdés, cuando ya por fin Ceferino encuentra a la Paca, se desencadena la juerga hasta ahora mal contenida:
"-Señorito, váyase uté... Me paese que hay bronca."
Oí, en efecto, gran algazara y al tender la vista por el taller, observo que todos los rostros están vueltos hacía mí sonrientes, que se agitan las manos imitando mis ademanes un poco acompasados, que se tose y se estornuda y se ríe y se patea. [...]
En aquel instante venía el inspector que se había separado cuando entablé conversación con la cigarrera, y dijo sonriendo:
-Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque estas niñas tienen, al parecer, ganas de bronca".
-¡Bronca! ¡Bronca!... ¡Bron...ca! ¡Bronca...! -empezaron a repetir las cigarreras.
El grito se extendió por todo el taller. Y acompañado por él, oyéndome llamar cabrón por tres mil voces femeninas, salía del recinto haciéndome que reía, pero abroncado de veras."


Notas:

(1) = Richard Ford, británico de cultura extraordinaria, escritor y dibujante, vino a vivir a Sevilla en 1831 para cuidar la salud de su mujer, a la que los médicos habían recomendado tierras de mejor clima. Instalado en Sevilla y en la Alhambra granadina, recorrió a caballo miles de kilómetros por zonas de España completamente apartadas de las rutas habituales de los viajeros románticos. Su libro más famoso es el "Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa", publicado por primera vez en Londres en 1845, del que recogemos algunos fragmentos en esta web.
(*) = Pierre Louÿs (1870-1925).- Por testimonios del propio escritor se sabe que vivió en Sevilla aproximadamente un año, entre 1895 y 1896, por problemas de salud (trastornos pulmonares, bronquitis o tuberculosis). Desde allí realizaría escapadas a Jerez y Cádiz, donde pasó alguna temporada, recorriendo también otras ciudades españolas. Marcharía luego a Nápoles, ciudad en la que terminaría su novela "La mujer y el pelele" en 1898.
Durante su estancia en Sevilla es posible que tuviera relaciones sentimentales con una tal "Rosarillo", que puede ser la misma Conchita de la ficción literaria. Hay escenas y detalles en el texto que hacen difícil dudar de la realidad contada, si bien la tendencia pasional del autor va tiñéndolo todo de un erotismo lírico, un tanto deformado por cierta idea de la mujer como burladora del hombre, que nos obliga a poner un poco en tela de juicio la exposición detallada del comportamiento de las cigarreras -y los comentarios que intercala sobre sus reacciones- en el capítulo que dedica a la visita de la Fábrica.
Francés como Merimée, siempre estuvo fascinado por la obra "Carmen" de su compatriota. Se conocía de memoria la ópera de Bizet e incluso la interpretaba al órgano. Precisamente ahí encontró el tema de "La mujer y el pelele": "Pensaba muchas veces en el libro que podía obtener acerca del carácter de la mujer, considerado desde el punto de vista de Carmen, pero de una Carmen más sutil, más inteligente, más atrozmente mujer.
Pues en la Carmen (de Mérimée) a menudo es la bestia humana la que actúa". A pesar de que la gestación de la novela fue larga, en seis días escribió más de la mitad del libro y después de 60 páginas de redacción paró en brusco su producción, al llegarle la noticia de que Marie de Heredia, la mujer que amaba y que llevaba un niño suyo, se casa con el poeta Henri de Régnier.



Post Scriptum:
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Respecto al mito literario de la Carmen de Merimé, que reviste la forma de una búsqueda individual de una libertad que la lleva a la muerte ("Libre ell est née, et libre elle mourra")
quiero comentarlo más adelante en otro escrito para entender mejor su significación, que interpela, creo, en lo más profundo de nuestro ser aquello que Jung dio ern llamar Psique.


Operarios y cigarreras Visión romántica del edificio de la Real Fábrica
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